Por qué y cómo superar el grajeo

por Joaquín A. Izquierdo Mc Dougall

La necesidad de lograr una sexualidad verdaderamente humana nos pide integrar todas nuestras acciones al marco de una personalidad armoniosa en todas sus dimensiones. Todos los actos corporales son, al mismo tiempo, actos emocionales, espirituales y sociales. El grajeo tiene serias implicaciones en el orden de nuestra armonía personal. Las relaciones de pareja tienen en el grajeo un reto que amenaza la calidad de sus relaciones (véase La Ruta del Grajeo ) . El negarse a asumir control sobre las fuerzas que invitan y animan al grajeo es tomar la decisión de dejarse llevar por ellas. Esa opción tiene consecuencias inevitables que son la desintegración de los diferentes componentes del equilibrio personal.

El grajeo gratificar de un modo tan inmediato y concentrado que muchas personas postulan que es imposible controlarlo. La fuerza de su atractivo se pinta como superior al de la voluntad humana. Pero esa teoría es sólo una racionalización que no toma en cuenta los datos correctos sobre esta actividad humana.

He aquí lo mínimo que hay que saber para superar el grajeo. Primero: que el grajeo surge de una fuerza instintiva grabada en nuestra instancia animal. Siempre activa y despierta en busca de su satisfacción sensorial (sensual). Igual que la energía atómica de los reactores nucleares, esta fuerza es útil pero peligrosa. Se requiere vigilancia continua para evitar un desorden que pueda generar una reacción en cadena.

Para vigilar con la atención debida hay que aceptar la necesidad de dirigir y controlar esta fuerza. Quien tiene una actitud de despreocupación no actúa responsablemente ante situaciones que demandan prevención.

Los hipnotizadores nos han enseñado que existe un área de la voluntad que no puede ser condicionada por vía subconsciente. A un hipnotizado no se le puede condicionar a hacer lo que su más honda convicción está mal hacer. Esa es la dinámica psíquica que nos permite orientar los impulsos animales y guiar con mano firme nuestras acciones más instintivas.

La vigilancia establece tres estrategias para superar el fuego del grajeo. La primera estrategia es evitar facilitar su posibilidad. Si decidimos evitar la ocasión manejaremos nuestra relación para tener privacidad suficiente para comunicarnos íntimamente sin la oportunidad de escondernos de la presencia de los demás. Podremos estar donde nadie nos oiga pero que al mismo tiempo todos nos pueda ver. Gozaremos de la compañía de otros y rechazaremos toda mentira en la dinámica de nuestras relaciones.

Nos mantendremos activamente abiertos, invitando a otros a participar de nuestros momentos de encuentro. Para evitar la educación, nos pondremos de acuerdo en las caricias que pueden servir de gasolina a nuestro fuego y propondremos gestos sustitutos a los que acudiremos cuando el cariño se nos vuelva candela.

La segunda estrategia para superar el grajeo en la que atacar. Se trata de orientar la energía erótica antes de que esta empuje desde el subconsciente. El arsenal de conductas que atacan el descontrol incluye: enfrentarnos con valentía a nuestro propio yo, conocer los vacíos afectivos que se han quedado sin satisfacer en nuestro desarrollo como personas, conocer modelos que nos sirva de referencia y hacer ejercicio de sacrificio que nos entrenen en el control propio.

De todas las armas para atacar el desconcierto de la sexualidad y sus consecuencias, la más eficaz es la de las buenas relaciones. Aquellas que nos orientan hacia el bien por medio de sus observaciones críticas, francas y directas, sin detenerse ante la incomodidad de hacerlas o la molestia que provoca el recibirlas. Esas relaciones nos permiten mayor libertad y auto-dominio que las de aquellos que nos inclinan al gusto y a la comodidad, dejándonos contento con nuestro modo de ser y de actuar, empujándonos a la mediocridad como estilo de vida.

En tercer lugar, la estrategia que nos permite editar los momento más crítico es la de la retirada. Cuando nos enfrentamos a un momento en el que parece inminente el evento que inicia el descontrol, tenemos el recurso de salir del ambiente que nos provee la oportunidad. En la inmensa mayoría de la circunstancia esto es suficiente para apartar la imagen mental que nos impulsa a la acción sexual. No se trata de un proceso represivo en el que nos molestamos, asustamos, castigamos o escondemos de esa imagen y del deseo consecuente. Se trata de un acto basado en la tranquilidad y el deseo de alcanzar otros valores.

Basado en lo que sabemos de cómo funciona nuestra sexualidad, en lo que queremos de la orientación de esa fuerza y en los modelos de referencia de las parejas con las cuales nos relacionamos, podemos actuar con firmeza y tranquilidad cuando las circunstancias se juntan para colocarnos en ocasión inminente de grajearnos. Cambiar de ambiente o de actividad nos ayuda a procesar la imagen mental que nos enciende el fuego pasional.

La búsqueda de otros medios para comunicar la ternura nos da cauces nuevos por donde liberarnos de la tensión acumulada. Pero todo esto se basa en el querer hacerlo, sin esa decisión no hay estrategia que funcione.

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